Hacer política con las manos (por Gonzalo de Pedro Amatria)

Hacer política con las manos

Sobre Qu´ils reponsent en révolte (Des figures de guerres I), de Sylvain George.

Gonzalo de Pedro Amatria

eGZnYTBxMTI=_o_sylvain-george---ralisateur-fid-2010-quils-reposentAhora que el adjetivo político se ha convertido en un lugar común de la crítica, aplicado de manera indiscriminada hasta vaciarlo de contenido, normalizarlo y desactivarlo, ahora que la política en el cine se ha convertido, no en una forma indivisible del fondo, sino en un envoltorio, no en una dialéctica sino en un tic reflejo, no en una actitud sino en una pose que deriva en un artículo de consumo, hay que aplaudir la aparición de un auténtico cineasta político: Sylvain George. Una frase en la que conviene repetir las dos palabras claves: cineasta y político.

Formado como militante y trabajador social antes que como cineasta, Sylvain George ha desarrollado en apenas tres películas un trabajo de radical singularidad poética en el que el debate de las ideas se articula a través de la reinvención de las formas. No se trata del viejo aforismo de Jean-Luc Godard sobre la importancia no de hacer cine político, sino de hacer cine politicamente, sino de un paso más en la necesidad de encontrar una forma audiovisual radicalmente nueva que dialogue hasta fundirse con la dialéctica ideológica y la denuncia política. Si hubiera que buscar un referente para el trabajo de George tendríamos que remontarnos, no a Godard, sino a Jean Vigo: cineasta tan reivindicado como mal entendido (o directamente manipulado por algunos sectores del cine y la crítica) que inauguró una línea de trabajo en la que la poesía y la experimentación caminaban de forma inseparable con una actitud rebelde, incómoda e incendiaria. De nuevo, cinematografía y política.

Qu´ils reponsent en révolte (Des figures de guerres I), se sitúa en el norteño pueblo francés de Calais, que funciona como paso hacia Inglaterra, y a donde van a parar inmigrantes de todo el mundo que tratan de alcanzar, a toda costa, la isla prometida. Es cierto, sin embargo, que la sinopsis no hace justicia a una película que desde las primeras imágenes se sitúa en un campo que no es el del reportaje socialdemócrata; así, resulta fascinante comprobar cómo el trabajo sostenido en el tiempo (George filmó durante más de tres años la vida en Calais, las aplicaciones reales de las políticas migratorias, las tensiones sociales, la vida congelada de los que buscan la manera de continuar su viaje saltando fronteras) termina por alejar el documental del realismo que erróneamente se atribuye al género hasta convertirlo en un objeto multiforme, inasible, áspero, violento y con una belleza y una capacidad de resonancia que van más allá de lo intelectual. La filmación obsesiva de lo real termina por alejarlo salvaje y alegremente del realismo, y sitúa la película en un terreno en el que conviven la denuncia y el lirismo, entendidos como dos expresiones de un mismo gesto: filmar de frente lo que nadie quiere ver. Lo esencial de la propuesta de George, el origen que mueve la película, es una lucha casi fotográfica contra el movimiento constante de unos hombres que no son sino sombras en los márgenes de nuestro capitalismo postindustrial, animales crecidos a nuestros pies sobre los que edificamos nuestra riqueza y a los que negamos su estatus de persona. Frente al constante flujo de cuerpos, George opone un trabajo en el tiempo y el detalle. En el tiempo que ellos pasan esperando, en los detalles de su vida, sus marcas en el lugar, sus nombres en los muros o en sus intentos paradójicos de construirse como personas borrando sus huellas dactilares con tornillos al fuego vivo. El rabioso blanco y negro de la película no solo contribuye a situar la película bien lejos de la mala conciencia de occidente que encarnan los las películas tópicas del género, sino que consolida un universo cinematográfico que nos ataca de manera frontal; un espacio al mismo tiempo entre el sueño, la pesadilla y lo hiperreal, una atemporalidad que termina por hacer más presente el problema, despojándolo de sus referentes más concretos. Porque frente a lo que parece, Qu´ils reponsent en revolte no es (solamente) una película sobre inmigrantes o inmigración, sino sobre la desaparición orquestada de personas en movimiento perpetuo que van camino de perderse entre las sombras.

Pero Qu´ils reponsent en révolte es sobre todo un intento de crear un espacio, aunque solo sea cinematográfico, en el que se genere el encuentro entre la denuncia y el arte, en el que convivan la voz del retratado y la voz del cineasta, de igual a igual, una forma indivisible de su fondo. Si hay algo contra lo que lucha la película de George es contra esa réplica del sistema de dominación que constituyen casi todas las películas que abordan el tema de la inmigración, y en las que el dispositivo de rodaje y el resultado final transparentan la jerarquía económica y política del sistema: un cineasta que mira al suelo para filmar a los que están a sus pies. Qu´ils reponsent en révolte se basa precisamente en la violenta reacción contra esa organización capitalista, se basa en la posibilidad de desmontar, aunque sea cinematográficamente, la dominación y el poder del dinero e inaugurar unos pasos en conjunto. Acompañar el movimiento de las sombras hasta detenerlas y comprobar que son cuerpos, personas, no inmigrantes.

Se ha dicho en ocasiones que el cine de George huye de la compasión, y quizás sea cierto, en el sentido de que no se sitúa en la tranquilizadora posición del reportaje de bienintencionado que se contenta con el lavado de conciencia: las imágenes de George están filmadas desde la violencia, la rabia y la serenidad de quien no entiende otra forma de afrontar la lucha que no sea a través de la cámara. Sin embargo, si la palabra compasión viene del verbo compartir, quizás sea necesario poner en duda esa idea: compartir significa, en español, partir el pan, repartir de igual a igual. Y ese es el primer movimiento que activa el cine de George: compartir con los inmigrantes de igual a igual, no como metáforas de un problema, ni tampoco con la mirada humillante del que se apiada de ellos, sino como personas, portadores de culturas, cuerpos en tránsito que corren el riesgo de desaparecer bajo la represión política o bajo la piedad que solo atiende a las consecuencias pero no a las causas. Porque la película de George ataca tanto la ceguera del que no quiere ver, la opresión consciente del que promueve el problema, como esa conciencia bienpensante y supuestamente crítica que termina desactivando la acción política a través de un cine en apariencia comprometido. Eso que Mike Zyrd llamó la “fantasía documental”: la idea de que arreglamos los problemas del mundo viendo documentales sobre ellos. Muy al contrario, el cine de George, y en especial esta última película, es un cine incómodo, porque nos interpela sin tranquilizarnos, porque busca de manera frontal el diálogo con el panfleto, porque pone en duda un sistema de representación que cosifica cuando pretende personalizar, explorando constantemente las posibilidades de la cámara y el montaje, forzando las convenciones del lenguaje cinematográfico. En Qu´ils reponsent en révolte apenas fijamos rostros de protagonistas, no identificamos nombres, porque George no juega con la empatía del espectador, más bien al contrario busca la resonancia de sus ideas a través de una forma poética. “Y que ladren como perros al lado de los que no podemos dormir”, dice un texto hacia el final de la película. Y que ladren, bien alto, hasta despertar a los que duermen y a los que no lo hacen. Por ejemplo, a ese cine al que las imágenes de Sylvain George dejan en profunda evidencia: porque las imágenes de George, que parecen arrancadas con sudor y sangre a un lugar perdido de la historia, nos devuelven la confianza en un cine vivo, consciente y salvaje.

Gonzalo de Pedro Amatria (Pamplona, España, 1978) es coordinador de programación del Festival Punto de Vista (www.puntodevistafestival.com), crítico y miembro del consejo de redacción de Cahiers du Cinéma-España, y crítico del diario Público.

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