HEAVEN’S GATE (Michael Cimino)

PROYECCIÓN CUMPLIDA

Domingo 9 de Diciembre, 18.00 horas

 

Dirección y Guión: Michael Cimino
Con: Kris Kristofferson, Isabelle Huppert, John Hurt, Jeff Bridges…
USA, 1980
Duración: 219 min

Heavens-Gate_Michael-Cimino-21Pocas opciones da Cimino a los cándidos espectadores americanos. Heaven’s Gate no es un western. De hecho, no es un antiwestern, un spaghetti ni un western crepuscular. Como El cazador, más melodrama que cine bélico, Heaven’s Gate tiene más de cine social o político aunque utilice las claves del oeste y Cimino está más próximo a La Patagonia Rebelde o a Novecento que a Grupo Salvaje o Cheyenne Autumn.

La puerta del cielo se inicia en 1870 en la ceremonia de graduación en Harvard de James Averill (Kris Kristofferson) y su amigo Billy Irvine (John Hurt); la vida es bella. Averill tiene varias amantes y Irving es escogido como orador para despedir la promoción. Veinte años después, Averill ejercerá como marshall en un pueblo perdido en Wyoming y su autoridad está coartada por la agenda oculta y pactos secretos de los políticos, últimos representantes de los intereses del lobby ganadero. Irving, aunque partícipe de las actividades de su clase social, es un pelele alcoholizado que Cimino utiliza como un bufón que lanza sus puyas contra Frank Canton (Sam Waterston), líder del grupo. Completan el cuadro el capataz de Canton, Nate Champion (un turbio Christopher Walken) y Ella (Isabelle Huppert), triangular amante de Averill y Champion, madame y prostituta del burdel. Hay escasas oportunidades de identificarse con ninguno de los protagonistas. Es más, Cimino trabaja con alevosía las ambigüedades de los unos y los otros. Así, el criminal Nate Champion, que no duda en asesinar a sangre fría a los cuatreros (inmigrantes muertos de hambre), es quien tiene más sensibilidad a la hora de tratar a Ella, ofreciéndole una vida compartida por encima de los regalos lujosos con los que Averill pretende seducirla. En una de las escenas más tiernas escenas, Nate ofrece a Ella su cabaña, que ha empapelado amorosamente� con periódicos; poco después, antes de ser asesinado, Champion verá reducidos a cenizas estos periódicos y la propia cabaña. Averill, por su parte, lúcido conocedor de la situación, no tiene inicialmente el valor de defender a sus amigos con las armas y no será sino tardíamente que decide ayudarles en su lucha, demorando una estrategia que podría haber salvado la vida de muchos. Billy, por su parte, patético personaje extraído de las tenebrosas pesadillas del Rey Lear, no cesa de lanzar improperios contra sus compañeros de clase sin mover un solo dedo para ayudar a Averill y los granjeros.

Cimino está más inspirado en La puerta del cielo que en ninguna otra película de su filmografía. Sin embargo, como autor, repite sus errores y exhibe sus virtudes al igual que en sus otras obras. Por una parte, mueve los hilos de la trama con torpeza, lastrado quizás por un forzado (des)montaje. El prólogo y el epílogo, fotográficamente mimados (es el mundo de Averill del que nunca debió salir) por Vilmos Zsigmond quedan algo desvinculados de la trama (especialmente las melancólicas imágenes a bordo del barco, tras la espantosa secuencia del último tiroteo injertada en el montaje final). La elipsis que propulsaba a los protagonistas de El cazador de Pennsylvania a Vietnam es equivalente a la que deriva a Averill y Billy de Harvard a Wyoming. Cimino obvia dar explicaciones. No obstante, la trama presenta incoherencias y vacíos. Aun conociendo la inminente carga de los ganaderos, Averill se demora en comunicarla a la población (con el pretexto de no arruinarles el domingo). Ella duda entre Averill y Champion tanto como la Bergman dudaba entre Rick Blaine y Victor Laszlo. Billy Irvine despotrica de sus compañeros (¡hijo de puta ha sido siempre la expresión favorita de este país!) pero no duda en seguirles. Champion es el líder aparente de los pistoleros de la zona pero desconoce las intenciones de Canton. Las discusiones entre los emigrantes (imprescindible aportación del guión, enfrentando los pequeño burgueses y los obreros) resultan difíciles de seguir por la falta de identificación de los diferentes personajes.

Antoni Peris Grao – miradas.net

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